jueves, 29 de octubre de 2015

LA ULTIMA PAREJA DE LOBOS DE LA SIERRA DE SAN PEDRO

¡Muy buenas! 
Navegando por Internet he encontrado esta pedazo de (triste, aviso) historia en la que el forestal de la zona nos cuenta como desapareció el lobo de la Sierra de San Pedro, en Cáceres.  
Espero que os guste tanto como me ha gustado a mi. 




LA PAREJA 
Escrito por Oak 
Podía haberlo denominado aquel último lobo de Sierra de San Pedro, pero para mí es algo más, aunque de por sí tal y como suena signifique tanto. Sé igualmente que es parte de la historia más profunda de Sierra de San Pedro, sé que su interés biológico y socio-cultural es fundamental en esta comarca y en Extremadura, pues uno de sus habitantes nativos más antiguo dejó de existir y con él todas las tradiciones inherentes a su presencia. Pero fuera de estas consideraciones, mis recuerdos son evocativos de algo más profundo, quizás de un paraíso que dejo de existir o de un gran amigo al que le di el último y definitivo adiós, como a un ser querido que muere y del que sabremos nunca más podremos disfrutar. Seguramente de las dos cosas. 

Hay muchos recuerdos a lo largo de una vida, y cada uno de nosotros tenemos algunos que, por ser tristes, por provocarnos aflicción con su sola evocación, intentamos, si no olvidarlos, apartarlos de nuestra mente, evadiendo una realidad pasada que nos provoca consternación. 

Uno de ellos es el que me atrevo a narrar y, por todo ello, deberéis comprender lo que me cuesta hacerlo. 



LA PAREJA 




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Dejadme dormir, dejadme dormir, porque en el sueño, veo a la pareja de nuevo estronchando jaras en Sierra de San Pedro. 




Fue a finales del mes de febrero pasado de este año, 2008. Aquella tarde de viernes tenía un servicio poco común: una cita con un tal László Krasznahorkai, un reconocido escritor europeo, húngaro de nacimiento. 

La tarde anterior una llamada del servicio me puso en antecedentes: László Estaba interesado en los últimos lobos de Sierra de San Pedro, y la secretaria de la Fundación Ortega Muñoz había leído en el foro de Guardabosques la narración sobre aquel Jabalí Blanco de Sierra de San Pedro, donde se hablaba de la última loba y el lobo joven que vivieron en la comarca. Se interesó entonces sobre ese tal Oak y preguntó al Servicio si podía conocerlo. Éste me llamó la tarde anterior a la visita de László informándome de la conversación mantenida con la Fundación. Hablé posteriormente con Granada, la secretaria de la misma, le indiqué que solicitase los permisos pertinentes a la jefatura para que pudiera acompañarles, y la cita quedó finalmente fijada cuando el Coordinador de la UTV (Unidad Territorial de Vigilancia) me dio instrucciones al respecto. 

He de reconocer mi ignorancia, mi escasa cultura literaria, pero el nombre del personaje aquella tarde y a la mañana siguiente incluso, no me sonaba de nada, de hecho, hasta me costaba recordarlo, mucho menos pronunciarlo (Días después me descubrirían que la calidad del prosista era tal que incluso estaba nominado para el premio Novel de literatura). 

Yo lo entendí entonces como un servicio más, aunque diferente de otros, una salida como otra cualquiera al campo con personas autorizadas por el servicio. Pero no fue así. 

De hecho aquella tarde anterior a la de la visita, absorto en otros servicios, no le eché cuenta alguna. 

Fue a la mañana siguiente cuando, pensando en la jornada por venir, me trasladé a aquellos años pasados de mediados y finales de los ochenta y entonces sentí mucha melancolía. Recordé un tiempo de esperanzas frustradas, de noches de servicio donde el aullido del lobo era sustituido poco a poco, por el canto del cárabo y pensé si podría recorrer los mismos escenarios otra vez, esta vez con la reminiscencia de la última manada, de aquella Pareja, de la loba. 

No tenía que preocuparme, pensé, pues, desde entonces, paso a menudo por allí, pero con otros fines: una poda, un censo de buitres, un desbroce ; es otro sentido, otro aliciente, otros pensamientos, no serían los que aquella tarde me iban a hacer rememorar tan alegres ; y tan tristes acontecimientos. 

Fui capaz en su día de narrar las experiencias dramáticas con un jabalí blanco en Sierra de San Pedro, incluso con aquel Machón€ y aquella Familia, pero, aquella Pareja, aun ahora, que no he empezado a escribir la historia en sí, un nudo en la garganta amenaza con no poder continuar con la misma ; 

Pero se lo he prometido a László, y a mi mismo, y quizás también al recuerdo de la loba, para que no quede en el olvido. 

Aquella tarde ya de la cita, quedé de 15:30 a 16:00 en el Hostal Machaco, en Alburquerque, con László, su secretaria (que me perdone pero no recuerdo su nombre) y la traductora, Ana Milutinovic. 

Me pedí café mientras esperaba y volví a centrarme en el tema: Visitar los últimos reductos del lobo en mi comarca, volver a revivir el comienzo de la extinción. 

Miré el restaurante, era el mismo que hacía tantos años, y desde donde muchas veces partíamos a realizar nuestro servicio después de tomarnos un café, fuera de madrugada o por la noche. 

No, no era el mismo, de hecho irreconocible, consideré habiendo vuelto otra vez al presente y mientras que el café se me enfriaba poco a poco en su taza. Hoy, y desde hacía ya algún tiempo, lo atendían otros camareros y tanto el interior como el exterior habían evolucionado a lo moderno. La madera había dado paso a cristaleras y metal y lo que era la recepción del hostal y el bar se habían separado en distintas secciones. 

Creo que incluso no se respiraba el mismo aire. Es curioso como a veces, cuando un recuerdo profundo asalta nuestras mentes, somos capaces incluso de distinguir olores. No, no era el mismo aire. 

Tan absorto estaba en mis pensamientos que no me di cuenta que tras de mí apareció una chica y me tocó el hombro. 

Era Ana, la traductora del escritor. Me había llamado al móvil, y comprendí que tan distante me encontraba hasta entonces que incluso no lo escuché. Me invitaba al comedor del restaurante, donde se encontraban mis acompañantes de Sierra de San Pedro. 

Me tomé el café rápidamente y la seguí, y allí me esperaban Lászlo, su secretaria, y el conductor de la Junta de Extremadura que le acompañaba en sus viajes por la región. 

- ¿Un café?- Me dijo el escritor a través de los labios de Ana, una vez nos hubimos presentado. 

- No gracias, ya lo he tomado 

- ¿Desea otro?- insistió 

- No, gracias, uno es suficiente- le dije. 

Y entonces me habló de sus pretensiones, del libro que iba a escribir sobre Sierra de San Pedro, de lo que sabía hasta entonces: el último lobo matado en el 85 en una acción cinegética autorizada en la finca C. y su visita al mismo en estado embalsamado, y que no se había tenido conocimiento desde entonces de lo que pasó con la especie excepto algunas citas dispersas de Ramón Grande del Brio, seguramente observaciones que había recogido de nativos de la Sierra. 

Le dejé hablar y noté entusiasmo en sus palabras, aunque no las entendiese hasta que pasaban el filtro de la traductora. Cuando finalizó, como en una sentencia le dije: 

- Creo conocer el final de la historia, y estaré encantado de transmitírsela, pero, de todo lo que le cuente, extiéndalo, los lugares, las personas, algún hecho que otro en sí, tendrá que quedar entre nosotros. Me obliga la confidencialidad de nuestras actuaciones. 

Y entendedme ahora, que así será, pues de todo lo que hablamos aquella larga tarde, sólo tienen conocimiento los que allí estábamos presentes y mi Jefe de Zona con quien por aquel entonces formaba patrulla y con quien viví toda la experiencia. Lo que aquí os presento tiene la censura propia de mi oficio, que es el vuestro, y tendréis que comprenderme por lo tanto la omisión de nombres, lugares y determinados acontecimiento que quizás tampoco afectan a la propia historia. 

Y a través de los labios de Ana, le transmitió mis palabras, y vi su rostro encendido y emocionado pues seguramente entonces comprendió que se encontraba al final de su viaje, como si entendiese que aquella tarde, después de tanto tiempo de búsqueda, por fin pudiera hallar el Grial tan buscado. 

Aparté bruscamente sus pensamientos volviendo a lo práctico. 

- En el turismo que traen imposible visitar la Sierra, acompáñenme en el Galloper, pero quizás no cabemos todos– Les indiqué mientras terminaban el café. 

El conductor quedó en tierra, paisano mío, “pecho lata” como yo (como nos denominan a los nacidos en Mérida), lo que averigüé ya por la noche con otra taza de café una vez terminada la jornada. 

Y tomamos ruta ya sin demora hacia los parajes que hacía más de 20 años empecé a recorrer tras del lobo. 




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- A ver qué nos sale esta tarde- Decía el Jefe de Comarca V. al Jefe de Zona S. y a M. el guarda de la finca H., aquella tarde de verano del 85, cuando en las ruinas de la casa de Las J. de H. de A., esperaban que A., el otro guarda de la finca, echase de comer en el valle a los ciervos para que, ocultos entre las paredes de las ruinas, pudiesen contar a las reses. 

Era costumbre entonces realizar, junto con la guardería de los cotos privados, censos de reses cervunas en cada finca de Sierra de San Pedro. Mientras que algunos agentes, ocultos en puestos construidos al efecto, esperaban que acudiesen los venados, gamos o muflones al comedero, otras patrullas contaban en la mancha a los machos más reacios a salir al valle. 

Por aquel entonces había tiempo para ello, las jornadas de sol a sol y de luna a luna daban para eso y más. 

- Están inquietas esta tarde- hablaba M. a los dos agentes. 

Era cierto, pues, como si olfateasen algo, no dejaban de levantar la cabeza del pienso, con gran nerviosismo. Pero no eran los observadores de las ruinas lo que les alarmaba, seguro, pues no podían ventearlos. 

Empezaron sin más el recuento de hembras, gabarrones, gabatos, varetos, ahorquillones y venados. Y entonces ocurrió. Las reses empezaron a correr hacia el río Z. ¿Por qué?, los otros compañeros y guardas de la finca se encontraban en otro paraje lejano contando a los venados reacios a salir a comer, no eran el motivo de la estampida, seguro ¿quizás furtivos? ; 

La jara próxima al valle empezó a moverse, algo corría “estronchandola”. No tenían la altura de bípedos, eran como jabalíes a la carrera, pero tampoco se movían con tanto estruendo. 

Y empezaron a salir hacia el valle: uno primero, dos juntos, ahora eran cuatro ; una manada en total de nueve lobos abandonaba la mancha y corrían tras de los ciervos. 

En las ruinas, los compañeros y guarda de la finca quedaban boquiabiertos viendo como poco a poco los cánidos iban cercando a las reses y conduciéndolas hacia el río para capturar algún ciervo retrasado. 






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- Aquí fue donde se vio por última vez a la manada- Le dije a Ana para que se lo tradujese a László cuando nos encontrábamos ya aquella tarde, 23 años después, tras de un trayecto de complicada orografía (donde en numerosas ocasiones me disculpé con un sorry por los saltos del Gálloper), en aquellas ruinas, en las que hoy no quedaban paredes en pié que pudiesen ocultar a los agentes que realizaban antaño los censos de los cérvidos de la zona. 

Ya no había jaras, todo era un inmenso valle, y es que los propietarios habían cambiado, y el manejo de la finca era distinto, ya no era la caza mayor el principal aprovechamiento. Se habían metido reses bravas y sembrado el terreno para su alimentación. 

Y desde las ruinas observamos el valle, silencioso en aquella ocasión, y les trasladé con mis palabras a aquella tarde de cacería de la manada, donde los dos agentes y el guarda de la finca contaban venados, indicándoles con la mano la ruta que siguieron los lobos tras de los ciervos y cómo se perdían en la distancia cuando se metían en el jaral del río Z. 

Ana le dibujó en el horizonte, acompañando a mis palabras, lo que yo le indicaba, y lo hizo con tan bien, que parecía que los estábamos viendo en aquel momento. Intentando dibujar sobre el verde de la pradera y con el pensamiento las figuras de los cánidos, nos costaba apartarnos del alto de las ruinas. Un macho de águila imperial que nos sobrevoló, apartó de repente la imagen de la escena que estábamos dibujando y decidí que era hora de continuar trayecto, así que nos metimos de nuevo en el todo-terreno y nos encaminamos al siguiente escenario. 

- ¿Qué pasó con la manada?- me preguntó László mientras que rebotábamos sobre los asientos del Gálloper. 

- M., el guarda de la finca, se encargó poco a poco de matarlos- Le respondí intentando hacerlo con frialdad, pretendiendo ser objetivo, no quería pensar en las emociones de aquellos días tan lejanos. 

- ¿Cómo?- volvió a preguntarme a través de los labios de Ana. 

- Con lazos o esperándolos sobre un árbol a que pasasen por sus trayectos habituales por la mancha. Aquí se ponía el guarda- les indiqué parando el coche bajo una gran encina sobre de una loma.- Aquí fue donde los cazaba poco a poco, y aquí donde nos burlaba cuando intentábamos cogerle en nuestras patrullas nocturnas. M., una vez jubilado me contó como nos veía a la patrulla pasar con el 4L cerca de la encina donde estaba apostado, y cómo nos eludía aguardando toda la noche en su copa para que no le cogiésemos. 

- ¿Consiguió matar a todos? 

- No, una loba adulta y un lobo joven consiguieron salir de la finca y escapar de su escopeta ; aquella pareja,  como empezamos a denominarla S., el jefe de la patrulla, y yo, abandonaron la finca y se dirigieron a las zonas ganaderas del sur de la Sierra. 

Y salimos del coto, y les conduje al siguiente escenario. 

- ¿Ha escrito alguna vez algo sobre los lobos Oak?- Me preguntó László a través de Ana. 

- No. 

- ¿Por qué?- me volvió a interrogar. 

- No soy capaz. Quizás por que es demasiado triste.- y entonces me di cuenta que las vivencias de aquellos años estaban a flor de piel, que poco a poco me estaba trasladando en el tiempo y que, a pesar de que el territorio que ahora recorría con el escritor, había cambiado, me parecía que incluso podía percibir el olor de la chapa caliente del 4L mientras que pegaba hombro con hombro en el reducido receptáculo con el compañero S. 




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- Cada vez quedan menos ¿No lo notas Oak?- me decía S., el jefe de zona muchas noche de servicio ya a finales de los 80 mientras que refugiados en el 4L u ocultos en algún morrón, vigilábamos luces o movimientos furtivos en la sierra. 

Era cierto, los aullidos eran más retirados, más pausados, a veces inexistentes. 

- Cierto S. En la sierra de R. A. ya no se escuchan, ni en P., ni en la A.. 

Impotentes, a pesar de nuestra persistencia por evitarlo, observábamos que nos íbamos quedando sin uno de los sonidos más importantes de las noches de Sierra de San Pedro. 

Sólo el recuerdo emocionado de que aquella Pareja” había escapado de la escopeta de M., y que campaba ahora por fincas abiertas nos hacía pensar que sería la esperanza de la especie, la única esperanza, lo sabíamos, así que, cuando recibíamos la noticia de un nuevo ataque de lobos a ovejas, cuando acudíamos a valorar los daños, nos entraba una alegría muy distinta al del ganadero afectado, pero es que aquello nos indicaba que seguían vivos, que podrían procrear, que podríamos volver a extasiarnos con los aullidos nocturnos de antaño. 

- G. del R. Oak, ha sido en la finca G. del R. esta vez, dos carneros la pasada media noche- me decía una mañana de finales de los 80 el Jefe de Zona cuando íbamos a iniciar el servicio- tenemos que ir a valorar los daños. 

Éramos la única patrulla de Sierra de San Pedro en la provincia de Badajoz, y recuerdo que corríamos siempre raudos a tranquilizar al ganadero, dejando cualquier servicio previsto para aquel día. 

- Apunta Oak- me decía S. cuando llegamos a la finca a ver los dos carneros- Dos carneros jóvenes atacados en el cuello por lobos ; 

- ¡Jóvenes!, si no le conociese bien S. diría que no tiene ni puta idea de ganado- Decía el pastor al ver que el Jefe de Zona se equivocaba al indicar la edad de los dos añejos carneros que había matado aquella noche aquella Pareja. 

- J., son dos carneros jóvenes, ¿Verdad Oak?- me decía con un guiño reiterando su apercibimiento con voz severa al pastor, y es que el precio de las dos ovejas variaba mucho de jóvenes a viejas, y siempre pretendíamos gratificar con ello al ganadero, para que el daño que le causaba el lobo, le fuera compensado sobradamente. 

Pero la administración pagaba tarde, a los dos años en el mejor de los casos, y recuerdo a J., el pastor de G. el R. con el que hablamos aquella mañana, cuando recibió por fin el dinero de la compensación y nos dijo dos años después:  ¿Recuerda Oak aquellos dos carneros jóvenes que me mataron los lobos?, ahora ya son viejos. 




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Sobre el alto del cortijo de G. del R. aquella tarde del 2008, enseñé a László y compañía el lugar donde los lobos atacaron a los dos carneros. 

- Este fue el primer ataque que nos dio a entender que los lobos habían salido de sus cazaderos en la finca de caza mayor cercada. Con gran alivio he de reconocer. Luego siguieron otros más. 

- ¿Cómo respondían los ganaderos ante estos ataques?. 

- Lógicamente mal, y es que, a pesar de la prontitud de nuestra patrulla por hacer la valoración de daños, el informe, etc y de meter prisa a la administración para compensar los mismos, la burocracia echaba por tierra todo lo que habíamos conseguido para concienciar a los pastores y propietarios de ganado. Se impacientaban al no recibir nada a cambio, y en muchas ocasiones no se trataba de dos carneros viejos, si no de 9 o más ovejas jóvenes y otras tantas heridas. Se nos hacía muy difícil concienciar al ganadero pues la administración no correspondía a nuestros esfuerzos. 

Nos quedamos mirando desde el alto del cortijo de G. del R. la dehesa donde antaño se encontraban las ovejas estabuladas. Unos cachorrillos de perros de carea, que se acercaron a nosotros esperando unas caricias, nos sacaron de nuestros pensamientos y decidí continuar con la marcha. 

- Ana, os voy a llevar al último sitio donde atacó la pareja en la provincia de Badajoz. 

Y volvimos a ponernos en ruta, ya cayendo el final de la tarde, hacia otra finca de Alburquerque, la última donde aquella Pareja estuvo antes de pasar a Aliseda y Cáceres. 

- ¿Qué pasó con aquella pareja?- Me preguntó Ana atrás en el coche mientras que nos dirigíamos al último escenario de nuestra visita. 

Entonces de nuevo volví a revivir aquellos años ; 




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- A ver Badajoz Sur si recibe a la central, cambio. 

Era el año 1989. Nos encontrábamos en el Arroyo El Entrín. Ayudaba a la patrulla móvil Badajoz Sur, compuesta por el Jefe de Comarca V. (a quien yo cariñosamente siempre he llamado mi Guarda Mayor) y por su compañero J. L., con el equipo de pesca eléctrica mientras que sacábamos barbos, carpas y bordallos con el fin de llevarlos a los acuarios de exhibición que se encontraban en Cáceres dispuestos para la inauguración de la Agencia de Medio Ambiente. Denominación novedosa con el cambio político de director general y que venía a sustituir a la Dirección General de Medio Ambiente. 

J. L. acudió al coche y cogió el micrófono. 

- A la escucha, cambio. 

- Nos comunican que en la carretera de Cáceres hay un lobo muerto, a la altura de la finca L. de G., seguramente atropellado. Cuando os dirijáis hacia Cáceres con los peces tendrías que averiguar si el aviso es correcto y proceder en consecuencia, cambio. 

- De acuerdo, ya estamos terminando y nos dirigimos hacia allá, cambio y corto. 

El corazón me dio un vuelco y casi dejo caer la pértiga que llevaba en la mano, y que daba corriente a los peces, al agua. Hacia algo menos de un año que no teníamos noticias de aquella Pareja desde que se fue a la parte noreste de Sierra de San Pedro. No quise pensar en ningún momento en que se tratase de uno de ellos. 




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- La hembra ; - me costaba hablarle a Ana recordando la situación vivida hacía tantos años, y carraspeaba con frecuencia- la hembra la encontramos atropellada ; en Cáceres, al noreste de Sierra de San Pedro- conseguí decirle por fin a la traductora, quien empezó notoriamente a emocionarse, quizás también contagiada por el quiebro en mi voz. 


- ¿Cómo ; cómo ocurrió?- también le costaba a ella pronunciar palabra. 

- La carretera había sido restaurada y en uno de los márgenes habían echo un terraplén muy pronunciado hacia arriba. Un talud casi vertical que le impidió saltarlo con agilidad ; el macho sí pudo. 

- ¿Por qué la hembra no? 

- La hembra ; - me costaba continuar, pero la mirada interrogante de László, a quien Ana no sin cierto esfuerzo le traducía mis palabras, embargada por la emoción, me obligaba a hacerlo.- la hembra estaba gorda ; se encontraba preñada. 

Ana no pudo entonces pronunciar palabra alguna, entre lágrimas consiguió poco a poco transcribir el final de mi relato al escritor. 

Entonces me di cuenta que en ningún momento, en el transcurso de la narración de aquel dramático desenlace, había vuelto la cabeza para hablarla, ni había mirado a mi derecha a László, sentado de copiloto, tal vez para evitar que se me descubriera una lágrima. 

Aproveché que el escritor bajaba del coche para abrir una cancela y me di la vuelta mirando hacia atrás, y le dije a Ana:

- A veces es bueno no saber idiomas. 




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Habíamos dejado el Nissan, con los garrafones que portaban los peces para la inauguración de la Agencia, en un camino cercano y nos habíamos acercado a la cuneta de la carretera de Cáceres donde nos había indicado la Central se encontraba el cánido. 


Conforme me iba acercando, me iba dando cuenta de la tragedia. 

Allí estaba la loba. En la cuneta, junto al terraplén del margen izquierdo del vial. Su vientre regordete nos indicaba el estado de preñez avanzado. 

Veía impotente como la esperanza de Sierra de San Pedro se hallaba muerta a nuestros pies. 

Me calé la gorra ocultando los ojos mientras que tomábamos mediciones del cánido. Los compañeros no sabían de la historia, de los antecedentes. Su comarca sur de avutardas, sisones y aguiluchos cenizos no había tenido nunca lobos, ni había conocido a aquella Pareja,  ni habían sabido de las ilusiones de los dos agentes de Sierra de San Pedro. Anhelos que se veían rotos aquella mañana cuando recogíamos en una bolsa grande de basura a la loba para entregarla a la Universidad de Extremadura después de haber recibido instrucciones. 



No quiero entretenerme más viviendo aquella situación, solo decir que recuerdo cuando llegamos a Cáceres, cuando le conté el triste hallazgo a mi compañero de patrulla que estaba ya en el lugar de la inauguración montando los acuarios, su rostro que reflejaba, a pesar de estar más vezado en este tipo de acontecimientos, el desconsuelo de aquel instante. En un día tan celebrado éramos, seguramente, dos agentes abatidos y derrotados. 






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Conseguimos reponernos mientras que László terminaba de abrir y cerrar posteriormente la portera tras de nosotros. Sé que también se encontraba emocionado. 

- ¿Qué pasó con el lobo joven que acompañaba a la hembra?- Me preguntó Lászlo a través de los labios de Ana, una vez se sentó en el Galloper y continuamos la marcha. 

- Recibíamos noticias en años posteriores al accidente de la loba de un lobo joven que estaba haciendo daños por la zona norte de Sierra de San Pedro, en Cáceres y Aliseda.- le contesté ya más sereno- Pero un día, en una montería que estábamos controlando, nos llegó la noticia. Un montero nos comentó que hacía poco habían matado en una espera nocturna de jabalíes en la finca J. R., en Aliseda, a un lobo. Era el año 1993. Averiguamos quienes fueron los cazadores. Pero no había cuerpo del delito y no pudimos hacer nada. 

- Desde entonces ya no hubo más ataques de lobos en Sierra de San Pedro. Alguna que otra razia nos esperanzaba cuando acudíamos a valorar los daños, pero se trataban de perros de rehalas asilvestrados que habían sido abandonados al final de alguna montería. 

- Ese fue el final de aquella Pareja, y el final de los aullidos de lobo en Sierra de San Pedro. 

Un zorro joven nos ayudó a apartar de golpe aquellos pensamientos. Sin miedo se quedó próximo al camino a unos 100 metros de nosotros. Corrí con el coche a su encuentro intentado evadirme de los recuerdos y pudimos verle junto al vehículo, observándonos casi sin inmutarse. Duró unos segundos, luego corrió alejándose. 

- Es de una camada de cinco zorritos que parieron al otro lado del arroyo- conté a Ana. 

- ¿Los conoces?- me preguntó 

- Mal me pese, pues seguramente los veré desaparecer cuando se abra la veda. En este oficio, uno no se puede enamorar de su trabajo. 

Era ya casi de noche cuando llegamos a C. L., y en el cortijo se encontraba A., el guarda de la finca, que vivió junto con nuestra patrulla el último lance de los lobos en Sierra de San Pedro en el término municipal de Alburquerque. 

- Volvíamos hacia la una de la madrugada de una montería en una finca colindante con esta- Le contaba a László recordando aquel evento que ocurrió un año antes de encontrarnos a la loba muerta,- y entonces nos topamos con el vocerío de la gente de la finca y con varios pastores gritando !Los lobos, los lobos! . Saltamos del coche y corrimos a la cerca donde las ovejas estaban estabuladas, justo cuando aquella Pareja se perdía entre el monte oscuro en dirección al cerro de La G. 

- Teníamos miedo. - corroboraba A. mientras que nos acercábamos al lugar donde, por aquel entonces, se encontraban los corrales- Cuando S. y Oak salieron corriendo hacia los lobos, ya nos atrevimos a entrar en el cerramiento y contemplar el desastre. 

Ahora ya no había ninguna cerca, todo era una dehesa donde el ganado ya no pernoctaba, se encontraba estabulado en otro sitio más cercano al cortijo, pero aún así descubrí la zona donde vimos en la distancia perderse a aquella Pareja, y recordé las ganas que en aquel entonces me entraron de correr tras de ella y camuflarme en la noche en su compañía, pero teníamos que quedarnos para valorar los daños y ayudar a los pastores a recoger las ovejas. 

Me di cuenta entonces que aquella noche de 1988 no fui consciente de que no volvería a ver a aquella Pareja de Sierra de San Pedro viva nunca más y que, de haber caído en aquel momento en ello, seguramente me hubiera perdido en la mancha tras de su último recuerdo seguido de mi primer impulso. 

Volvimos al cortijo y visitamos la casa de A., quien amablemente nos enseñó todas las dependencias. 

Después, ya de noche, volvimos al coche. 

- No les puedo acompañar a los siguientes escenarios donde murieron la loba y el lobo, ya es de noche, mejor se los señalo en el plano y ustedes los visitan tranquilamente mañana- Les dije cuando nos dirigíamos por la carretera de regreso a Alburquerque. 

Seguramente era una excusa, pues no quedaban tan lejos, pero quizás ya no era capaz de seguir con la historia, no lo sé. Lo cierto también es que ya era tarde y me tenía que retirar. 

Tras de un café en el Restaurante Machaco, László me invitó a cenar, pero rechacé amablemente su ofrecimiento: Le he dado al Cesar lo que es del Cesar, ahora le toca a Dios acuñar moneda, le dije refiriéndome a que tenía que volver con la familia. 

Le entregué entonces un recuerdo de su visita, un triste recuerdo lo sé. Era uno de los últimos lazos que se colocaron en la sierra para capturar a aquella Pareja”. Él lo recibió con emoción. 

Recuerdo el abrazo tan efusivo que nos dimos, así como el beso de despedida de Ana. 

No hay nada más universal en la raza humana que los sentimientos, y, a pesar de tan distinta lengua, costumbres y nacencia, aquél abrazo con el escritor sé que significó el encuentro, y la despedida a la vez, de dos distantes amigos. 

Nos separamos y se, por que ellos me lo contaron luego que, como yo, los sueños de aquella noche, revivieron de nuevo la triste historia de aquella Pareja€.




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Prólogo: 


Pocos días después de aquella visita, volví a las ruinas de Las J. de H. del Z.. Pasaba por allí por casualidad, creo que para buscar el nido de una pareja de imperiales que me faltaba en la zona. Quizás no fue así y tal vez provoqué la visita.

Miré el derruido cortijo. Me recosté entonces sobre sus piedras a la altura de donde los compañeros se ocultaron aquel entonces. Miré hacia el valle donde antaño cazaba la manada, eché mi cabeza hacia atrás y creo que cerré los ojos y que poco a poco me quedé dormido ; 

; Y entonces, en sueños, vi el valle rodeado de jaras una vez más; el río sonando fuerte a lo lejos; los ciervos comiendo en el comedero ahora tranquilos, ahora ya no, levantando las cabezas inquietos y olfateando hacia el norte, y entonces me pareció escuchar un aullido lejano en Pajonales, uno más en Tejarejos, y otro que le respondía más cercano en Casa Liebres, y otro que le seguía en Rincón Alto de Azagala, casi al pie de donde yo me encontraba ; y entonces me puse de pié y pude verlo ; 

; Un estronchar de jaras, un movimiento rápido entre la mancha hacia el valle, ; y allí, en el sopié, de nuevo resurgieron ; 

Dejadme dormir, dejadme dormir, porque en el sueño, veo a la pareja una vez más estronchando jaras en Sierra de San Pedro ; y tras de ella, a su camada. 

Dejadme dormir, dejadme soñar

2 comentarios:

  1. Dejadnos soñar, sí, dejadnos soñar. Es quizás el único lobo que no pueden quitarnos.
    ¡Qué historia tan triste! doblemente triste porque es real y porque ha sucedido tantas veces..., con todos y cada uno de los lobos que ha ido matando.
    Yo quiero lobos y linces y osos, mis deseos son tan importantes como los de los cazadores y los de los ganaderos, ¿verdad?

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  2. Y lo peor de todo es que a lo mejor lo tenemos más cerca nuestro de lo que pensamos...
    Una vez más gracias por participar, milano negro ;)

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